Pensando en si debería o no, al final acabé en la tienda. Tenía un olor un tanto peculiar, como a sardinas o anchoas, no lo sé bien. Pero allí estaba.
Me dirigí al mostrador para hablar con el dependiente, pero sin siquiera abrir la boca comenzó a hablar.
- El verde le iría mejor, no hay duda- dijo.
No sabía donde mirar ni que decir.
- El rojo ya no se lleva, y sinceramente, no le veo con el amarillo. El verde estará bien.
El aguila de la pared clavó su mirada en mí, y alzando el vuelo se posó en mi hombro izquierdo. Un animal grande y majestuoso, más viejo que joven, y con el pico quebrado hacia la mitad. Abrió la boca, y susurrando me aconsejó que me llevara el verde, que el viejo sabía lo que hacía.
En la cafetería abrí la bolsa, lo saqué y lo puse sobre la mesa. Y me quede mirándolo. La camarera, una chica joven entrada en carnes, se acercó y preguntó qué deseaba tomar. Pedí un Cutty Sark con un par de hielos.
Y lo seguí mirando, sin saber muy bien cómo había acabado con él y si de verdad le daría uso.
jueves, 20 de noviembre de 2008
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